miércoles, 15 de octubre de 2008

Las claves de una inversión. Circunstancias vs rentabilidad-riesgo

La teoría de las finanzas moderna, en cualquiera de los métodos que estudiemos, basa sus análisis en el binomio rentabilidad-riesgo. Es una pareja que, a fuerza de ser repetida una y otra vez, hemos acabado creyendo única e indisoluble, y a partir de la cual se toman las decisiones de inversión. Una propuesta con la que se pueda obtener una rentabilidad más atractiva que la conseguida normalmente suele generar en uno la pregunta "¿pero qué riesgo tiene?", sin profundizar más.

Los bancos, por ejemplo, a la hora de recomendar inversiones a sus clientes (sin entrar a valorar la calidad de lo que venden) no se suelen parar a pensar si el producto es adecuado para el cliente. Así, por ejemplo, nos encontramos casos, por desgracia verídicos, como el de una señora de avanzada edad cuyos ahorros estaban invertidos en deuda de Argentina con apalancamiento, para más inri, en época pre-corralito; o el de un futbolista de primer nivel al que habían colocado todo su sueldo de ese año en dólares a un cambio de 1,15$/€, porque "era una magnífica oportunidad". Pero no hace falta acudir a estos extremos. Seguro que la mayoría de vosotros más de una vez ha sufrido la llamada de algún gestor bancario ofreciendo sus productos porque tienen buenas perspectivas de rentabilidad, porque el riesgo de la inversión es mínimo, etc.

A lo sumo, en el colmo del buen hacer de un banquero, quizá recomiende invertir cantidades reducidas en productos con mayor riesgo, lo que se conoce como "asset allocation". Pero siendo realistas, en la mayoría de ocasiones simplemente recomendarán comprar el producto/pescado que tengan de oferta en ese momento.


Sin embargo, todos estos análisis adolecen de una tercera pata, sin la cual la decisión de inversión está totalmente coja: las circunstancias personales, aquellos factores imponderables (no se puede medir numéricamente si el individuo está casado y tiene hijos, o la aversión a invertir en divisas) que, deben ser sin duda (en nuestra opinión), la base de toda elección. El mero hecho de pasar por encima de ellos sin considerarlos nos parece un error en la planificación estratégica del patrimonio familiar tan grande que compromete el buen desempeño de éste a lo largo del tiempo.

Tomemos el ejemplo, muy simplificado pero clarificador, del Gordo de Navidad, en el que las variables rentabilidad y riesgo están claramente delimitadas y son de sobra conocidas por todos: se puede obtener un premio de una gran cuantía pero las posibilidades de que ésto ocurra son muy reducidas. Entonces, ¿qué hace que un año un individuo compre compulsivamente todos los décimos que le ofrecen familiares y amigos, y al año siguiente no compre ninguno? Desde luego, esta decisión parecería ilógica a todas luces, a no ser que se tengan en cuenta las circunstancias de la misma. Puede que la persona se vaya a casar y decida no jugar para ahorrar el dinero para la boda, o puede que haya decidido destinar a una cuenta de ahorro todo el dinero que se iba a gastar, cansado de ver como cada año se evaporan sus euros y también sus esperanzas de ser rico de la noche a la mañana.

Por ello, la diversificación o la colocación de partes proporcionales de activos en función del ratio rentabilidad-riesgo (Asset Allocation) sólo es la punta del iceberg de las circunstancias de la inversión, que no sólo tienen en cuenta la porción del patrimonio a invertir sino un sinfín de circunstancias intrínsecas y colaterales al inversor:



La edad, el estado civil, su propensión al gasto (o al ahorro), el hecho de tener hijos, los deseos futuros, las perspectivas laborales, las veces al año que quiera viajar, el disfrute colateral que se puede obtener de una inversión (un apartamento en una playa exótica), el éxito o el fracaso de las inversiones anteriores en las proporciones y riesgos definidos por su Balance Vital y su potencial reinversión, el timing estratégico de la propia inversión, además de la proporción de los activos destinados, son tan sólo algunas pinceladas de lo que son las circunstancias de la inversión. Como véis, a medida que vamos mencionando estas circunstancias, el simple ratio rentabilidad-riesgo disminuye su protagonismo en la toma de las decisines inversoras. Para hacerlo más evidente, vamos con un ejemplo extremo: echar 3 euros a la primitiva por parte de una persona con ingresos estables cuyo premio destinaría a cancelar una hipoteca de un pariente en apuros no es en absoluto una inversión aberrante, mientras que apostar la mitad del subsidio anual de una parado con diez hijos cuyo premio destinaría a comprarse un yate no es sólo aberrante sino inmoral y enfermizo. Sin embargo, el ratio rentabilidad-riesgo en el que se suelen basar exclusivamente la mayoría de banqueros y asesores financieros es idéntico.


Llevar a cabo un análisis de las circunstancias de la persona (o la familia) es la base para la elaboración del Balance Vital que, como las propias circunstancias, irá cambiando con el paso del tiempo y, además, evita que se puedan suceder las malas inversiones. Sin la ayuda de este análisis, las circunstancias que determinan la inversión pueden ser tan simples como el estado de ánimo en el que nos encontremos el día de tomar la decisión.