lunes, 15 de octubre de 2007

El rendimiento a corto plazo no nos deja ver el bosque.

¿Qué es más importante, ganar un partido o un campeonato? ¿Un GP de Fórmula 1 o ser el campeón del mundo? ¿Ganar una batalla o la guerra? Vemos infinidad de veces a deportistas que conservan el resultado estratégicamente, a veces tan sólo puntuar es vital para ser campeón. Dosificarse, conservar la mecánica o los neumáticos, levantar el pie del acelerador en momentos críticos donde otros arriesgan más por necesidad o por inconsciencia. Todo ello forma parte de estrategias necesarias para triunfar.

Sin embargo cuando se trata de nuestro patrimonio, nuestra visión de la estrategia se difumina y se simplifica hasta extremos muy peligrosos. A la mayoría sólo le importa el rendimiento a corto que van a conseguir con su efectivo. Y pierden de vista el objetivo final, que debe ser el crecimiento sostenido de todos sus activos a lo largo de las décadas. Como dijimos ya en El inversor Resiliente del mes de Julio:
"Todos somos capaces de generar buenas inversiones, simplemente debemos asesorarnos por alguien que nos evite generar un buen número de malas."
Pero lo más importante es ser consciente de que la evolución a largo plazo de nuestro patrimonio será la suma de éstas dos, las inversiones buenas y las malas. Y también de la evolución futura que seamos capaces de proporcionar al resto de nuestros activos, que no son inversiones propiamente dichas. A pesar de ello, la mayoría de personas se centran en conseguir el mayor porcentaje de incremento de su dinero en efectivo, echando cuentas mensuales, semestrales o anuales, pero pocos miran más allá. Los inmuebles se traducen a alquileres y a una plusvalía pasiva que, de forma poco meritoria, vendrá por sí sola con los años (no obstante, como hemos explicado en un post anterior, nos atrevemos a contradecir alguno de los principios de Kiyosaki). Pero lo que sin duda supone el mayor error es esa ofuscación por la inmediatez de la rentabilidad de nuestro efectivo, que no exige rigor alguno.

Comúnmente hablamos de inversores, cuando en realidad deberíamos hablar de gestores. Aunque a la mayoría sólo le preocupe una inversión en función de su beneficio a corto plazo, lo correcto sería gestionar y/o autogestionar nuestros propios activos para su crecimiento a largo plazo. Esa es la mejor manera de ganar dinero a lo largo de nuestras vidas. Por el contrario, centrarnos sólo en el afán por conseguir un 10, 20 o 30% en bolsa cada 31 de diciembre, puede tener resultados negativos para el resto de nuestro patrimonio a largo plazo.

La desfiscalización paulatina de nuestros activos a medida que van creciendo es una estrategia ganadora a medio y largo plazo, ya que cuando un patrimonio es todavía incipiente es mucho más fácil sentar las bases legales para que su crecimiento se produzca ya en un entorno de baja fiscalidad. En cambio cuando un patrimonio es ya considerable la desfiscalización que se puede obtener legalmente es mucho más limitada, aunque nada despreciable si se realiza imaginativamente y de forma experta.

La Estrategia, en mayúsculas la debemos diseñar nosotros, si es posible de la mano de un Consejero o Counsellor, pero siempre adaptándola a las necesidades presentes y sobre todo futuras de nuestra familia. El otro factor clave es el Rigor. Las desviaciones de nuestro plan patrimonial estratégico por falta de rigor, son las causas más habituales de la pobre progresión (o regresión) de nuestro patrimonio a lo largo de los años. Por supuesto todo ello debe actualizarse periódicamente en función de los cambios que se produzcan en nuestras vidas: Laborales, familiares, geográficos, etc.

Los Campeonatos son de los gestores (o autogestores), mientras que las carreras o los partidos están plagados de inversores que sólo persiguen la gloria del resultado inmediato y puntual, poniendo en serio peligro de lesión o accidente a aquellos que tienen como único objetivo ser campeones y formar parte de la historia de ese deporte.