El país occidental más desarrollado económicamente, es decir los EE.UU., se encuentra muy incómodo y desorientado en nuestros días por al actual situación financiera mundial. El principal garante del sistema capitalista y de la economía de mercado, ha aleccionado durante muchas décadas al resto de países menos desarrollados en los temas monetarios. La cruda realidad de nuestro sistema financiero es que el bienestar de un país pasa por el poder sufragar los costes de los servicios propios de un estado avanzado. Desde mediados del siglo XX, si un país pobre, o digamos no rico, no disponía de cifras macroeconómicas suficientes para hacer frente a la deuda internacional, los escasos servicios internos estatales, las facturas de la importación de energía o bienes de los que dicho país carecía, los países desarrollados de occidente, en especial su líder norteamericano, les respondían con un despiadado "Haber pedido muerte...". Poderoso caballero don dinero, sin él cualquier país y población quedaban condenados a la miseria.
Lamentablemente nuestro sistema funciona así y sería muy peligroso permitir excepciones que se convertirían rápidamente en norma. Para que el sistema capitalista y de mercado funcione globalmente y sobreviva, debe ser estrictamente observado por todos los países. Sólo así se garantiza su funcionamiento. Lamentablemente para el Estado que no pueda sufragar los costes del petróleo por encima de los 100 $ y cuyas empresas y población sufran el empobrecimiento a causa de la falta de recursos, esas son las malditas reglas. Y ésta la maldita frase que oyen repetidamente los más desgraciados: Haber pedido muerte...
Llevamos muchas décadas en este escenario que, a pesar de ser injusto y en absoluto idílico, también es capaz de crear mucha riqueza y progreso. Evidentemente esta creación de riqueza a menudo no es equitativa ni repartida convenientemente, pero no cabe duda de que buena parte de occidente se ha beneficiado de este sistema. Y no olvidemos de que cuando decimos buena parte de occidente, estamos refiriéndonos a muchos millones de personas que viven en Estados cuyo bienestar respecto a su historia reciente se ha multiplicado muchísimo. Los habitantes de este planeta no hemos sabido crear un sistema mejor y esto es lo que hay.
Este fenómeno de avalancha de compras de países terceros sobre activos norteamericanos no es nuevo. Ya en los años 80, las fortunas japonesas desembarcaron en Wall st. y se hicieron con numerosos y simbólicos edificios y empresas norteamericanas. Pero ahora estamos ante un escenario muy distinto. Los compradores no son disciplinados empresarios japoneses sino peligrosísimos Estados como China, Rusia y diversos países árabes de oriente medio.
Los EE.UU. se alarman porque sus empresas son presas de enormes masas de capital que se están vendiendo al mejor postor. No sólo su orgullo está herido, es que además estratégicamente puede ser un desastre para los intereses del gobierno norteamericano a medio y largo plazo. Su tradicional posición de fuerza económica sobre el resto del mundo se ha desvanecido por su propia debilidad actual, pero sobre todo por el auge de ingentes fortunas en manos de rusos, chinos y árabes, con sus respectivos y hostiles Estados al frente de dichas inversiones.
La buena noticia es que algunos europeos ricos también pueden aprovecharse de esta debilidad estadounidense. Con un euro a más de dólar y medio, definitivamente los EE.UU. están de rebajas para todos los que formamos parte de este Monopoly, al menos por ahora. La partida impuesta al mundo por nosotros mismos es así amigos y enemigos de occidente. Haber pedido muerte...
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